Puerto Príncipe, 20 de agosto de 1851.
Martina querida:
Puerto Príncipe, 20 de agosto de 1851.
Martina querida:
Llevo varios días fuera de mí y no tengo ánimos para tomar la pluma, ni siquiera un lápiz y encontrarme contigo. Si escribiera ahora tendría que emplear un trozo de carbón como los prisioneros que tienen por papel las paredes de su celda. El vaso del dolor se ha colmado. Nadie hubiera creído que el odio y la terquedad llegaran a tanto.
El Consejo de Guerra dictó su fallo a mediodía del pasado 10 de agosto. Unos instantes después, toda la ciudad lo sabía: Condenados a muerte tío Joaquín, junto con Betancourt, Zayas y Benavides. Adolfito y Miguel Castellanos sentenciados a diez años de presidio en un castillo de Ultramar.
Muchos creían que la sentencia capital no se iba a ejecutar. Esperaban que el Capitán General la conmutara por la de prisión o destierro, pero el tal Concha ha resultado una hiena, lo mismo que el mariscal Lemery. Tampoco el hecho de que el verdugo Callejas, único que sabía manejar el garrote vil, haya muerto, según algunos, envenenado por conspiradores para detener las ejecuciones. Pero los servidores de España querían borrar de la faz de la tierra a los rebeldes y decidieron fusilarlos al amanecer del 12, en la Sabana de Méndez, después de una noche en capilla.
Muy temerosos debían estar esos monstruos pues destinaron tropas a cercar toda la zona, por temor a un rescate desesperado. En realidad pudieron hacerlo con absoluta impunidad. Resonaron las descargas y cayeron a tierra los que se negaron a toda claudicación y prefirieron entregar su vida antes que su honra.
En casa apenas pudieron consolarse porque los muy criminales perdonaran la vida de Adolfito. Que a un hombre joven lo arranquen de su tierra, lo alejen de su familia y le roben los mejores años de su existencia en una sucia bartolina, es como quitarle buena parte de su vida. Es verdad que se podrá luchar porque abrevien su encierro, pero de todos modos, también allí el rigor ha sido excesivo. De cualquier modo, mamá, Esteban, Narda, no cesan de llorar. Esta casa está enlutada como el resto del Príncipe.
El día 13, sobre las diez de la noche, cuando ya nos habíamos recogido, llamaron a nuestra puerta. Era Carlos Vasseur Agüero, el mismo que había reclutado a Adolfito desde 1847 para la conspiración, el que se encargaba de los volantes que mi hermano preparaba en casa y de las escarapelas que yo cosía en mi pieza a deshoras y que salían de contrabando hacia la ciudad. Por ser un miembro poco visible de la Sociedad Libertadora se había librado del decreto de prisión que incluyó a los más notables. Yo me escurrí de la habitación cuando lo hicieron pasar a la sala. Nunca olvidaré a ese hombre, ni muy alto, ni muy fuerte, un sencillo maestro aficionado a la música, con voz de tenor ligero, allí de pie, enlutado, que dijo a mis padres: “Vengo apenas un instante aquí, como estoy yendo a casa de los buenos cubanos, para que puedan venerar una reliquia que pertenece a la Patria”. Y sacó de la chaqueta un envoltorio y de él, un pañuelo manchado de sangre. “Esta era la venda que pusieron a los ojos del mártir Agüero y que yo pude rescatar cuando conducían su cuerpo sin vida al cementerio. Ella nos recuerda el precio de la libertad y la obligación de contribuir a ella”.
Creí que me desmayaría, sin embargo, no sé cómo tuve valor para salir de la sombra donde yo me había mantenido hasta ese momento y, antes de que lo impidieran, caí de rodillas ante Carlos y pude tocar una punta de la tela. Allí no solo estaba la sangre de Agüero, también parecía que esta se había mezclado con la de mi Antonio y los otros caídos. Aquel olor amargo se fijó en mi alma para siempre. Narda se acercó, me ayudó a levantar y alejarme del centro de la escena. “Vamos, no sufra más, Tinita, están con Dios. Ahora son santos”. No he dejado de pensar en eso desde entonces.
Creí que mamá no soportaría un momento tan dramático, pero hizo acopio de fuerzas y con la cabeza baja, repitió con los demás el juramento que Carlos dictaba: “Servir a Cuba aun a riesgo de nuestras vidas para completar los empeños de nuestros hermanos”. Concluida aquella ceremonia, el visitante guardó el pañuelo, nos advirtió que no comentásemos su presencia allí y desapareció en las sombras sin despedirse.
Al día siguiente fue un guardia quien llamó a nuestra puerta. Traía un citatorio urgente para papá y para mí. Nos condujeron, no de muy buenos modos, a la Comandancia, donde ahora sesionaba un tribunal, que era como la continuación del Consejo de Guerra. Vi entrar y salir a muchos conocidos, en condiciones semejantes a nosotros. Creí que íbamos a ser juzgados, pero aquella Comisión sencillamente había dictado sentencias sin juicio oral alguno, ni posibilidad de defensa.
Cuando entramos a la salita que apestaba a sudor y a tabaco, nos colocaron a tres pasos de la mesa tras la que se parapetaban los oficiales. Se mostraban inquietos y procedían con prisa, como si les hubieran ordenado liquidar todo en un par de días, por esta razón se les confundían los legajos, volaban las notas por los aires, volcaban los frascos de arena. Cuando al fin dieron con una carpeta muy delgada que era la nuestra, sin ninguna solemnidad nos comunicaron sus resoluciones.
“Simón de Pierra y Ruiz del Canto… sospechoso de cooperar con los infidentes… no previniendo ni denunciando la incorporación de tres de sus hijos al frustrado pronunciamiento… queda suspendido de inmediato de su cargo de Celador General de Puerto Príncipe, sin derecho al retiro ni a beneficio alguno de ese cargo, no así de su pensión de militar jubilado que le será abonada. De manera accesoria, queda sujeto a instrucción de expediente para embargar sus bienes, de lo que será notificado…”
Luego llegó mi turno. Sentí que me miraban con una mezcla de curiosidad y repugnancia. “María Martina de Pierra y Agüero…no se ha podido probar que fuera la autora de unos versos que elogiaban a los partidarios del cabecilla Agüero, familiar suyo, pero hay una fuerte presunción de que sean suyos. Fue detenida en la finca San Carlos, junto a su hermano menor Esteban y conducida a su hogar, por haberse unido a las fuerzas desleales a España…sirven como atenuantes en su caso la edad y su condición de mujer que no empuñó las armas ni se le culpa de muerte alguna. Este tribunal recomienda su destierro de Puerto Príncipe y mientras se aplica la medida, su encierro cautelar en su propia casa, vigilada por sus padres y si esto incumpliere, amén de sancionar a sus tutores, se le dará por sitio de reclusión el Hospital de las Mujeres…”
¡Yo en el hospital, como las mendigas y las perdidas! Todo está al revés, Martina querida.
Nos dejaron regresar a casa sin escoltas, pero no hablamos una sola palabra en el camino. Mamá era un manojo de nervios al recibirnos. Creo que por primera vez le di la razón, ella temió no volver a vernos y ya eran demasiadas pérdidas…
Mientras ellos conferenciaban en voz baja en su cuarto, yo me encerré en el mío y ante el espejo, me corté el cabello, mecha a mecha, ahora no como un paje, sino sencillamente hasta que quedara casi rapada la cabeza, como las mujeres antiguas, cuando lloraban el duelo por sus muertos y he buscado en mi ropero un vestido negro, semejante al que ya llevan tantas camagüeyanas. No es hora de vanidades, sino de demostrar a nuestros carceleros que podemos resistir a sus designios. Tenemos derecho a llorar a los caídos y no entrar en esa engañosa “normalidad” que quieren imponernos.
Ayer permitieron a papá y a mamá tener una breve entrevista con Adolfito, a quien embarcan mañana junto con Castellanos, para Santiago de Cuba. Desde allí un buque de guerra los llevará, junto con otros condenados de Trinidad y La Habana, rumbo a Ceuta, para cumplir sus condenas.
Papá lo encontró delgado y pálido, pero firme en sus ideas. De nada se arrepiente. Contó que a la salida del Consejo, ya sentenciado al patíbulo, Joaquín dijo a los que tenía más cerca: “¿Y dónde está el pueblo?”.
Pobre tío, es cierto que Vasseur y unos pocos fieles custodian tus ideas, que un puñado de mujeres parecemos ángeles oscuros reclamando que tu sangre sea vengada. Pero el resto prefiere alejarte de su memoria como si fueras un sueño molesto. Hay gente muy cerca de nosotros que sigue viviendo como si nada hubiera pasado: hacen negocios, cenan en sus casas entre risas, tienen hijos, se casan, compran y venden fincas. Y para colmo se dan el gusto de no saludarnos a la salida de misa o en nuestra propia calle. Estamos marcados. Les recordamos su baja condición moral y no nos perdonan. Ese pueblo no te merecía, tío Joaquín.
Tomado de Martina querida. Sequoia Editions, 2025. Disponible en Amazon.
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