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El pintor español Álvaro Alcalá Galiano

El pintor español Álvaro Alcalá Galiano

¿Qué es, para Álvaro Alcalá Galiano, un artículo más, por mucha que sea la simpatía y el interés artístico que lo inspire…? Un pintor como éste, que, siempre ha tenido a su disposición los principales journeaux de París, Bruselas, Madrid, Viena, Berlín… y la crítica de más altos quilates avalorando en ella su extraordinaria producción.

Sintéticamente, y sólo por enfocar en el gran público de Cuba, que ya debe conocerlo, su figura de artista, hagamos historia.

Alcalá Galiano, pintor bilbaíno, pero de origen andaluz, gaditano, rama de aquel tronco de selva terciaria que se llamó el orador Alcalá Galiano, pintó en sus inicios en el mar norteño español.

El Cantábrico, con sus lejanías, sus visiones azules, sus empinadas crecidas, sus galernas y sus pescadores, hirió en caleidoscopio, su retina… Y por este Oriente de pintor de mares, siempre al Norte, salió a otros horizontes a sustentarse de nuevos cromos. El azul del cielo y el agua cantábrica fue trocado por el gris caliginoso del ambiente holandés; las líneas duras y exactas del pescador vasco por la silueta abigarrada y no menos expresiva del pescador de la lejana Marken; las costas rocosas del Golfo de Gascuña, por las desdibujaciones lacustres de la Venecia fría.

Así, en “Acarreando el heno”, nos da con viveza, lo típico encantador de aquella tierra de bruma; la mujer que teje en la proa, hacendosa de su tiempo, en tanto que conduce al perro y a la parvada infantil a la escuela, de paso, mientras que la fornida markeña, y el abuelo, tiran de la barca que conduce el heno al depósito... Asunto, luz, composición, color, técnica y espíritu, de un ajuste perfecto.

Y las barcas de vela escarlata y casco negro, que evocan subconscientemente, a Erico, el rojo, y Froedgisa, la sanguinaria, en su “Mar Tranquilo”. ¡Cuánta paz, tienen, sin embargo!

Metido hasta el hombro, en estos andares, no puede dejarlos, y de Zuiderzee, emigra al Sur, al otro lado y en Bretaña, pinta las cofias nevadas de las forzudas bretonas y las calmas dulces de esas playas y huertas de pesca y de vendimia.

Otra obra maestra, por no citar montón, marca su cambio electivo: “La bendición del mar”, premiada en París, Salón Nacional de Pintores Franceses (1913) y al año siguiente en Buenos Aires (Exposición de Arte Internacional).

En Bretaña, como en la ciudad bizantina del Adriático, el mar es bendecido al comenzar la estación propicia… Allá, el Dux arrojando en él su anillo de bodas, simbolizaba la unión perpetua entre una ciudad de poderío marítimo y las aguas que la ciñen. Después de la boda era la bendición. En Bretaña, la ceremonia se contrae a la última parte: los bravos pescadores bretones, que viven de los tesoros marinos muestran su gracia a la movible deidad en la poética fiesta. De la faena antigua de Alcalá Galiano este cuadro es el cappo di laboro.

Consagrado el artista como pintor de este género, no por eso deja de cultivar otros aspectos pictóricos y en el cuadro, en general y en el retrato, a la vez, acierta siempre, y sobresale y llega al vérice, en repetidas ocasiones.

Y la pintura decorativa, tan dormida, ahora que no se construyen palacios ni la fe levanta templos que historiar, en las pocas oportunidades que deja le ha dado también oportunidad para sobresalir plenamente.

La vendimia 
Álvaro Alcalá Galiano

Sin mencionar otras obras, concretemos el espíritu en la última, aún fresca, que viene de terminar.

Fernando VI y Bárbara de Braganza construyeron el palacio versallesco de la Plaza de París. En su origen fue Convento de las Salesas e Iglesia de Santa Bárbara. Más tarde el convento se hizo Palacio de Justicia. Más tarde, todavía, un incendio lo destruyó. Y en el momento, resurge el palacio con toda la esbeltez luisquincesca: un rococó sencillo y elegante.

Alcalá Galiano fue designado para pintar los techos de las salas de pas perdu, del nuevo palacio, y en verdad que la ejecución ha sido un triunfo para el artista.

El primer cuidado del pintor ha sido reproducir en sus obras el espíritu y la técnica del tiempo en que el palacio fue construido. El simbolismo, en el espíritu y la tonalidad en el color. Sin prescindir de los progresos del día, dar la impresión cromática que daban los viejos pintores contemporáneos de Lucas Jordán.

En la entrada, dos gigantescos medallones al temple reproducen La Justicia Divina y la Justicia Humana. Como Coupe de vue, decorativos, están correctísimos. Las grandes masas bien dispuestas, los grupos armonizados de arriba abajo, los enfoques de luz, los colores en sinfonía…

En cuanto al asunto, el primero con su gran Moisés, miguelangelesco, recibiendo en el monte Sinaí las Tablas de la Ley, de las manos de Dios Padre, el arcángel San Miguel y las categorías de ángeles, concentran fuertemente la unidad.

En el segundo, la Ley Humana presidida por el Trabajo, la Agricultura y el Comercio, imponiendo su autoridad a las normas representandas (sic) por el Derecho Canónigo, Romano, Leyes de Indias Turcas, Maternales… y a sus pies, confundido, el Delito, es de un sólo momento mental. El eje de composición de este cuadro es la dorada capa fluvial de canónigo. Ata a ella todo el contorno, armoniosamente.

La otra sala ofrece sobre un plano ligeramente curvo cuatro figuras al óleo de una magistral ejecución: el Delito, la Riqueza, el Progreso y la Verdad, en una gama que va en morendo desde el rojo Vesubio del primero, al verde jade de los velos de la última, pasando por los tonos intermedios de las otras dos figuras, provocan una reacción sedante en quien los mira.

La fuerza anatómica de los tipos varoniles, la expresión de sus gestos, contrastando con la ecuanimidad de la Riqueza y el verde suave y la serena fose de la Verdad, imponen, que el talento coordinador y el inspirado carácter han copulado eurítmicamente en la última creación del gran Alcalá Galiano.

Madrid, 1925

La senda 
Álvaro Alcalá Galiano


Tomado de Social, Vol.10, Núm.9, septiembre de 1925, pp.16-17.

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