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Don Pánfilo y los niños

Don Pánfilo y los niños

Como saben nuestros lectores, antier hemos comenzado a publicar en nuestra tercera plana, las graciosísimas caricaturas del artista sueco Jacobsson, intituladas: “Aventuras de Don Pánfilo”.

Se trata de algo realmente original: pequeños trazos de pluma, mucha intención, mucha psicología y, sin nada más, la escena graciosa e hilarante queda terminada, y el humor se produce en el ánimo del observador.

En Europa, en los Estados Unidos y en todas partes donde se rinde culto a la niñez, estas caricaturas son muy apreciadas en todos los hogares. Ellas sirven de nexo, admirable entre los padres y los hijos, excitan la curiosidad de los pequeñuelos, les sirven de training mental, aguzan su inteligencia y fomentan en los cerebros infantiles el espíritu de crítica y de inducción que tan necesario les va a ser después en la vida.

El Camagüeyano, en camino franco desde hace tiempo para hacerse un gran periódico de Cuba, ha querido entre sus reformas introducir este año este renglón de caricaturas para los niños y fue por eso que, por conducto de la Bell Syndicate de New York, contratamos los servicios de Jacobsson, el inimitable caricaturista sueco, creador de Don Pánfilo. Estábamos seguros de que esas caricaturas iban a constituir un gran éxito nuestro, pero, al propio tiempo, estábamos lejos de suponer que éxito vendría tan pronto.

Una carta llegada ayer a nuestras manos nos llena de alegría, Es la carta de un padre que nos escribe agradecido y que nos da las gracias:

Las aventuras de Don Pánfilo, publicadas ayer por primera vez en El Camagüeyano —nos dice el padre en su carta— me han proporcionado uno de los ratos más inefables de toda mi existencia. Mi hijito, que sólo tiene cinco años de edad, atraído por los muñecos de El Camagüeyano, se puso a verlos y, por su corta edad, no pudo entender esa aventura de Don Pánfilo, pero ésta tuvo la propiedad de despertar la curiosidad de mi bebito y, en seguida vino a mí pidiéndome que se la explicara. Mi niño se sentó en mis piernas y con uno de sus deditos cogido, pasé a explicarle la aventura de Don Pánfilo. Le dije que Don Pánfilo, al ver una huella en el suelo, se había imaginado que esa huella había sido producida por un jabalí… Tuve inmediatamente que entrar en explicaciones porque mi hijo se resistía a seguir mientras yo no le dijera qué cosa era “huella” y qué es lo que era “un jabalí”. Al decirle “que un jabalí era un puerco silvestre”, me vi en la necesidad de explicarle lo que significaba “silvestre” y me extendí en consideraciones sobre la diferencia entre “silvestre” y “doméstico”. Esto es solo una parte de la conversación habida ayer entre mi hijo y yo, conversación que me dio oportunidad de charlar sobre cuestiones instructivas con mi bebito y poder apreciar, como nunca lo había hecho, sus progresos en la educación. Por un momento me sentí, de una manera absoluta, “el profesor de mi hijo”. ¿Se quiere una mayor gloria ni una satisfacción mayor para un padre?

Hasta aquí la carta del papá. Ella constituye el mejor anuncio para nuestra cinta cómica de Don Pánfilo y traemos sus expresiones a nuestras columnas, porque nos producen satisfacción inmensa.

Han quedado pues completamente identificados Don Pánfilo y los niños.

Tomado de El Camagüeyano, Año XXII, Camagüey, miércoles 30 de enero de 1924, Número 39, p.1.

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