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Dos palabras (prólogo a Las rutas paralelas, de Alberto Lamar Schweyer)

Dos palabras (prólogo a Las rutas paralelas, de Alberto Lamar Schweyer)

Conversando con el señor Lamar Schweyer, el cual me hablaba del renacimiento actual de las letras en Cuba, hube de manifestarle cómo, siendo exacto que contábamos hoy con buen número de escritores distinguidos, entre ellos no pocos eminentes, y con poetas y poetisas de alto valer, no cabía aplicar a este hecho el término de renacimiento, porque la producción literaria había sido siempre abundante y notable entre nosotros; si bien la porfiada labor política de los últimos treinta años la había relegado a una especie de segundo término.

Viéndolo con cuidado, de esto se desprende una conclusión interesante. Para la gente de letras, su labor debía obtener la preferencia sobre todas las otras; pero lo mismo piensan de la suya los representantes de las demás actividades sociales. El hombre de ciencia se lamenta de que se relegan sus pesquisas; el industrial entiende, y lo censura con acritud, que no se coloca su trabajo en el lugar prominente que le corresponde, y con igual energía protestan de su postergación labradores y obreros, burócratas y soldados.

Esto, porque nos olvidamos de una triste verdad, que pudiera reconciliarnos a todos. Los pueblos, como los individuos, siguen a tientas su escabroso camino, sin más brújula que la pasión del momento. Váyase a hablar de literatura a un pueblo que se levanta ciego de dolor contra una tiranía secular. Pídanse aplauso y premio para las fructíferas labores sociales a naciones que se lanzan frenéticas aun duelo mortal. Sin embargo, la vida continúa, en medio de esas terribles convulsiones; el artista idealiza, el sabio investiga, el agricultor rotura el campo, y entre los nuevos escombros se echan los cimientos para los futuros palacios. Por eso, a pesar de los espantosos sufrimientos de Cuba, durante el siglo pasado, entre los horrores de la guerra y las hondas zozobras de la paz, sus poetas soñaron v cantaron, y sus escritores fecundaron todos los campos de la investigación y de la expresión.

Natural ha sido que a tiempos más propicios corresponda más amplia cosecha de ingenios; como es natural que este movimiento haya suscitado espíritus aptos para apreciar su curva y dispuestos a seguir con ojo inteligente su dirección. Al lado de los Sanguily, los Montoro, los Valdivia, los Rodríguez García, vemos venir a colocarse a los Sánchez Bustamante, los Carnearte, los Escoto, los Vitier y los Ducazcal. El joven autor de este libro ha acudido a pedir y obtener su puesto, desde muy temprano, en ese noble grupo. Su caso es notable. A la edad en que se vacila entre las rutas a seguir, él toma su camino sin tanteos; en la época de la vida en que la personalidad trata impetuosamente de revelarse y todo lo subordina a la expresión de los sentimientos, él trata de preferencia de aquilatar la personalidad ajena y de seguir y medir sus medios de expresión. Sin poner el oído a otras voces que lo llaman, el señor Lamar Schweyer prefiere, a sabiendas, la severa función del crítico.

La prefiere; lo cual no significa que en muchas ocasiones no se haga lugar su temperamento, más poético de lo que él mismo se imagina. Entre los pliegues del manto del juez, se descubren, a veces, los acuchillados del jubón del trovador. Véase con qué delicados rasgos traza la silueta de sus poetisas preferidas. Nótense las confidencias que se le escapan en más de un lugar de estos estudios, en que sus recuerdos personales tiñen de sonrosado color sus expresiones.

Precisamente el encanto que se desprende de no pocas de sus páginas, proviene del sutil perfume de fresca mocedad que las envuelve. ¡Cuántas afirmaciones y cuántas negaciones rotundas, que de seguro no estampará dentro de algunos lustros! La emoción juvenil con que se acerca a la mujer, adorable esfinge a sus ojos, sienta muy bien a sus veinte años; porque es naturalísima. Más tarde llegará a penetrarse de que el mismo misterio rodea a los hombres; pues el velo que envuelve a cada ser humano frente a sus semejantes no se desgarra nunca. El gran martirio de nuestra vida es la soledad espiritual a que estamos condenados, tanto mayor cuanto más se aguzan y refinan la inteligencia y la sensibilidad.

En este mismo libro puede el lector atento descubrir cómo la curiosidad infatigable del autor lo arrastra, casi a pesar suyo, hacia otras pesquisas, no más hondas, pues todas las manifestaciones del espíritu van mucho más allá de la superficie para quien sabe escudriñarlas, sino más extensas. Su simpatía por el vasto escenario de la vida le hace buscar aquí y allá nuevos puntos de vista. Son promesas que se hace y que nos hace.

Entre tanto, siga el señor Lamar Schweyer contemplando con tan inteligente simpatía la producción de sus contemporáneos; haga, como hasta aquí, de su crítica elemento de placer estético, no tema de disertación pedagógica; y habrá asegurado a su espíritu abundante cosecha de elevadas emociones, y dejado un buen ejemplo de cómo el arte del censor puede resultar activo fermento en la vida literaria.


Tomado de Las rutas paralelas (Crítica y filosofía). La Habana, 1922, pp.11-16.

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