Camagüey es, indiscutiblemente, una ciudad desgraciada, a pesar de haber visto la luz en su seno hombres como Agramonte y mujeres como la Avellaneda.
No sé si mis amados lectores habrán reparado en la desconsoladora circunstancia de que Camagüey no tiene calles, ni tiene paseos, ni tiene parques. Si se han fijado en ello, habrán de reconocer conmigo que la tierra del Lugareño no es una gran cosa desde el punto de vista urbano y si no fuera porque cuenta con establecimientos como El Baturro, en que se venden los mejores vinos que se toman en la Isla, y porque en ella vive un hombre como el Sr. Manuel Zabalo, cuyos trabajos en cemento constituyen la admiración de las personas de gusto, apenas si mereciera el título de ciudad.
Sin embargo, como a todo lo malo suele el hombre acostumbrarse y mucho más si es camagüeyano, ya todos estamos acostumbrados a vivir sin calles, sin sanidad, sin parques y sin paseos, de tal manera que nos extraña a veces oír hablar de estas deficiencias. Así se explica que andemos por sobre el fango que cubre nuestras principales vías con la misma naturalidad del que hiciera rodar sobre el lúcido asfalto de cómoda avenida la elegancia suprema de un carro Studebaker...
El camagüeyano es, por lo regular, carne insensible a todas las incomodidades y a todos los dolores.
No obstante todo esto que llevo dicho, yo me atrevería apostar una gaseosa de Pijuán o un traje cortado por el afamado sastre camagüeyano señor Leoncio Barrios, a que, a pesar de todo el heroísmo demostrado por el infeliz habitante de esta desgraciada región, esa cualidad se ha desvanecido por completo ante el mal último, la plaga terrífica, el más grande de todos los males: me refiero a la enorme cantidad de mosquitos que han caído sobre nosotros y que por un momento nos hacen experimentar la impresionante sensación de que van a cargar con nuestro cuerpo comido y lacerado.
Los mosquitos constituyen la actualidad de Camagüey en los presentes momentos. Posiblemente ninguno de los grandes problemas que en la actualidad han despertado la atención de casi todo el país ha logrado interesar a los camagüeyanos, cuya vida toda entera gira alrededor de esta palabra fatídica: mosquito.
Si veis que El Camagüeyano no presta atención a la gran huelga, por ejemplo, no le llaméis mal cubano, ni le juzguéis indiferente ante las cosas que nos interesan. Disculpadle, perdonadle, y, sobre todo, atribuid esa actitud que censuráis a esta palabra horrorosa, anonadante, estupefaciente y escalofriante: mosquito.
Si le veis caribajo marchar a sus labores y si le veis volver de ellas más caribajo todavía, no achaquéis a problemas económicos o a disgustos de familia este hecho. Achacadlo sencillamente a esta palabra aterradora: mosquito.
Ah, vosotros, los que vivís en urbes limpias, sin baches, sin calles convertidas en basureros, sin tinajones, no podéis comprender nuestro dolor, nuestro inmenso dolor.
De seguro que muy pocas veces habéis experimentado la espantosa sensación de hundir el cuerpo en la cama mullida y en ella permanecer tal como os acostasteis, con los ojos bien abiertos y esperando el nacimiento del nuevo día. Cuando tales situaciones han aparecido en nuestra vida, habéis sufrido indiscutiblemente, pero ellas han sido pasajeras, puesto que solo han estado determinadas por alguna preocupación que habéis desvanecido al día siguiente en cuanto os habéis dado un paseo por la ciudad.
Ah, pero pensad que este estado se prolongará indefinidamente, no por achaques de vuestro espíritu ni de vuestro cuerpo, sino por obra y gracia de la clase inmunda, estúpida y miserable de los mosquitos. ¿Sabéis lo que indigna, lo que desconsuela, que cuando ya cansado de la labor rendida durante el día decidís horizontalizar vuestro esqueleto en uno de esos aparatos que llaman camas y de los cuales tiene una existencia tan extraordinaria la Casa Casildo López, de esta ciudad, no podáis hacerlo porque un denso ejército de culex pipians arme a vuestro alrededor una algarabía de diez mil demonios y clave en vuestra carne atormentada un millón de sutiles alfileres? Eso es para enloquecer a cualquiera. Si esta situación se prolonga, nosotros, que siempre nos hemos distinguido entre todas las demás provincias de la Isla por ser los más razonables y los menos levantiscos, vamos a candidatizarnos para ir a parar a Mazorra, que una funeraria como la de Varona, Gómez y Cía., conduzca los despojos desgraciados de nuestro cuerpo a la fosa en que habrán de descansar por los siglos de los siglos...
Yo me limito sencillamente a dar “el pitazo”. Vamos a ver si aquí, donde todos los problemas se resuelven con un comité, formamos uno destinado a cazar mosquitos o a impedir que sigan campeando por su respeto en esta triste tierra del casabe, del “tenei” y “vo”...
INTERINO
Publicado en El Camagüeyano, miércoles 31 de mayo de 1924, p.7. Tomado de Pisto manchego. Compilación y prólogo de Manuel Villabella. La Habana. Ed. Letras Cubanas, 2013, t.I, pp.275-277, y rectificado con el original aparecido en el periódico.
Nota de El Camagüey: Entre 1924 y 1925 Nicolás Guillén asumió la redacción de la sección Pisto Manchego, en el periódico El Camagüeyano, una sección que combinaba la crónica periodística y la publicidad comercial. Debía anunciar los servicios de una funeraria, de un sastre y de El Baturro, las gaseosas Pijuán y el Colmado La Palma, la Casa Mendía, los muebles de Casildo López, los cigarros de Calixto López... La sección era diaria y muy ocurrente. Había sido creada por un periodista español, quien firmaba como M. Santoveña, y su nombre, el de un plato español, es una metáfora precisamente de la mezcla consustancial a su espíritu, a medio camino entre el periodismo y la publicidad.
Comentarios
Elena De Varona Rodríguez
23 horasCuanta vigencia en la pluma de Guillén, es como si el tiempo no hubiera transcurrido y ya son 101 años. Gracias por compartir tan interesante noticia de época.