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Postalitas, niños tahúres y Disney corp. vs. un chinchal camagüeyano

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Postalitas, niños tahúres y Disney corp. vs. un chinchal camagüeyano

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Durante mi infancia —a finales de los 50 e inicios de los 60 del pasado siglo— hubo un entretenimiento que, aunque en principio sano, degeneró en adicción al juego de azar.

Las postalitas consistían en rectángulos de papel grueso de unos siete por cuatro centímetros, con imágenes de distintos temas, numeradas consecutivamente y que, por lo general, narraban una historia. En principio destinadas a llenar un álbum, luego se pervirtieron hacia algo menos inocente.

Las de La Habana estaban mejor impresas, por la tecnología offset. Hubo una serie con asunto de animales, seguida de las postalitas de la Revolución. Como era usual canjearlas, para completar la página de los comandantes podían producirse trueques que hoy sonarían a pecado (político) mortal: “te cambio a X por Y”...

Pero en la ciudad de Camagüey el proceso de multicopiado era más rústico, mediante clichés de metal mandados a hacer en el periódico El Camagüeyano o en otros locales con tecnología de grabado. Se estampaba un color por tirada, así separadas las tintas, de manera que fracción de milímetro corrida y el sombrero del Corsario Negro quedaba fuera de lugar.

Porque los temas salían, lo mismo de Emilio Salgari que de las series radiales de aventuras, como Taguarí, especie de Tarzán —blanco por supuesto y encima rubio— redimidor de indígenas latinoamericanos.

Se vendían por centavos en estanquillos de publicaciones periódicas, quincallas y otros pequeños establecimientos, donde los propietarios retenían las difíciles, para que exprimiéramos los ahorritos de padres y abuelos en nuestro afán de completar el álbum. Por cierto, eso de esconder la mercancía para sacarla después obteniendo mayores beneficios, lo están haciendo ahora los vendedores de arroz.

Una de las postalitas de Taguarí que circulaban en Cuba en los 50.


Juego de azar

La fiebre del juego hizo presa de la niñez camagüeyana, con todo y sus lacras. Hubo “millonarios” con varias cajas de zapatos repletas de postalitas; que nadie adivinaría su estatus, tan desharrapados y descalzos como podían andar.

El procedimiento era sencillo: se barajaban (se le decía banquear o fallunquear), los jugadores depositaban sus apuestas de postales y cuando se viraban las pilas, el número mayor ganaba.

Los juegos eran circundados por numerosos espectadores. En ocasiones alguien gritaba ¡tajú!, y a ese clamor los vándalos se tiraban formando una arrebatiña de los bienes ajenos. Podían ser repelidos por guardaespaldas, quienes se tomaban muy en serio su papel, como Kevin Costner en The Bodyguard. Este pillaje era el equivalente, a escala infantil, de los asaltos a los juegos de póquer.

Para completar el círculo del vicio estaban los prestamistas, como los hermanos Cuesta, en la calle Domingo Puentes, en La Caridad, aunque Dios en su infinita sabiduría castigó a aquellos usureros: debían haber ganado una bicicleta por ser de los primeros en llenar el álbum de fauna; pero los embarajaron y sólo obtuvieron un triste guante de pelota.


Emporio vs. timbiriche en guerra económica

Un amigo (EPD), profesor de Economía en la Universidad de Camagüey, me contó que, por ser menor, trabajaba ilegalmente por unos centavos (con valor) en una imprentica, donde, además de postalitas, se imprimían invitaciones de bodas y quinces, esquelas mortuorias y unos folleticos non sanctus, rustiquísimos, conocidos como novelitas de relajo; pero esa es otra historia, volvamos al tema.

Estaba mi amigo barriendo el taller mientras el dueño imprimía postalitas de El Zorro cuando se apersonó un individuo de traje y corbata, representante de la corporación Disney en La Habana. Una de mis digresiones: en esa época eran muchos los que usaban ese atuendo, cuya calidad variaba según el poder adquisitivo. Volviendo al asunto, el propietario impresor, en camiseta y con el delantal manchado de tinta, escuchó boquiabierto el reclamo en pesos o dólares (circulaban parejos) de quienes poseían los derechos del personaje enmascarado.

Anonadado, con un gesto señaló el timbirichito, denotativo de su humilde condición. El funcionario del emporio de los dibujos animados se transó por la detención inmediata de la reproducción. Con altivez declinó cargar con las ya impresas, que el modesto imprentero le ofreció obsequiosamente.

Curado de una adicción

En malhadada ocasión, a la salida de la primaria donde cursaba el cuarto grado, probé suerte y empecé una racha hasta casi llenar mi bulto escolar, especie de pequeña maleta pues entonces no se usaban mochilas para la escuela.

De pronto la suerte cambió y empecé a perder. En vez de retirarme con mis ganancias continué jugando compulsivamente hasta perderlo todo.

Después de haber estado rico, me encontraba arruinado. De haber tenido mi pistolita de agua, me hubiera disparado un chorrito en la sien, estilo Las Vegas. Pero la experiencia me sirvió: desde entonces y a mis 73 años no he vuelto a jugarme jamás ni un solo centavo.


Agradecimientos:

A Rolando Carmenates Marrero (no se encuentra entre nosotros) ex adicto a las postalitas, devenido profesor de Literatura, y a Ernesto Pérez Cerezales (quien sí se encuentra porque siempre vira) otro niño jugador impenitente, quien se corrigió y se hizo ingeniero; a ambos, gracias por compartir evocaciones; así como a Juan Luis Serpa Rodríguez, condiscípulo pero a la vez profesor de temas de artes gráficas y a Eduardo Molina Martín, hijo de impresor y él mismo cultor de ese oficio en el Taller 10 de Industrias Locales de Camagüey, donde todavía usan la tecnología que Gutenberg inventó en el siglo XV.

Camagüey, 19 de febrero de 2025

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Comentarios
Calixto Pérez Luis
2 días

Hola Piñero, genial como siempre, es éste también un excelente e ilustrativo artículo que, a los que tenemos más de 60 años, nos lleva a aquellos lejanos tiempos de nuestra infancia rodeados de esas inolvidables postalitas y de tantos otros pasatiempos como bailar trompos, jugar a las bolas o empinar barriletes, casi todos ellos ya desaparecidos de la faz de nuestras ciudades y pueblos. Gracias por hacerme revivir esos momentos, con sus luces y sus sombras pero siempre gratificantes para la memoria. Un abrazo, Calixto.

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Eduardo Arteaga
2 días

Muy bueno y “refrescante” este post sobre las postalitas; yo coleccioné también siendo niño en los 50’s y 60’s y completé (o casi completé?) un par de albums. Supongo que habrá quien aún tenga esas colecciones aunque estén amarillentas y desteñidas

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José Antonio González
18 horas

Mi buen amigo Piñero ha estado cocinando un nuevo sub-género: El Neo-vernáculo camagüeyano. Divertido, medio nostálgtico, y muy suyo.

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